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martes, 22 de diciembre de 2015

El pacifista








—Departamento de Atención al Cliente del Polo Norte. Le atiende Josefa la elfa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola. Me llamo Federico y estoy enfadadísimo.

—Hola, Federico. ¿No le ha enviado Santa el regalo que ha pedido? Un momento. Voy a comprobar sus datos. Permanezca en espera. (Jingle Bells…) Le paso con Quejas y Reclamaciones.

—Le atiende Alfredo el reno. Disculpe, teníamos anotado que ha solicitado La Paz Mundial. Hemos subsanado el error a tiempo. Le ha sido enviado el juego Star Wars: Battlefront compatible con Xbox One, Playstation 4, Nintendo Wii…

—Pero yo quería…

—Departamento de Imposibles. Le atiende…




miércoles, 11 de noviembre de 2015

El rey de la arena


En el Amphitheatrum Flavium todo estaba preparado para el inicio del espectáculo. Únicamente faltaba la presencia del emperador Tito Flavio y de los senadores. Los miembros ilustres de la sociedad, al igual que la plebe, ya habían ocupado sus posiciones. Los contrincantes aguardaban su turno en los sótanos de las instalaciones en espera de ser nominados a una lucha a muerte. El sonido de un cuerno anunciaba la llegada del Emperador junto a su cortejo. Todos los asistentes se alzaban de sus asientos, guardando silencio para el solemne recibimiento. Consecutivamente, comenzaban los vítores del público deseoso de iniciar el entretenimiento cruel y sanguinario. Las cinco gradas estaban repletas. La afición del público era desmedida. Mientras, en el lado oculto del recinto, los combatientes lamentaban o ansiaban el momento de ser protagonistas. Algunos prisioneros o condenados no tenían elección, otros pagaban para demostrar su fortaleza ganándose la admiración del pueblo romano.
—Papá, tengo miedo. Nos tratan como esclavos. No entiendo por qué disfrutan haciéndonos daño…
—No te preocupes, Simbus. Te he estado adiestrando toda la vida para ser el más valiente y temido.
—Pero, papá, tú me has entrenado para sobrevivir, no para morir. Carpóforo ha matado a muchos de los nuestros. Lo odio, pero nunca he asesinado por esa razón. Además, es apodado como Hércules, ¿cómo puedo vencer a un héroe?
—No olvides que en la Antigüedad nosotros también éramos tratados como dioses. Tú eres muy poderoso. Su tamaño no te debe achantar, ¿acaso no ves lo que has crecido?
—Pero él posee instrumentos para protegerse. Me siento muy indefenso, papá.
—Eres fuerte y robusto. La naturaleza te ha otorgado tus propias armas. Al mismo tiempo, tú puedes correr veloz y saltar con gran agilidad. Quizá no has observado cómo nos mira el emperador Tito. Sabe que somos más majestuosos que él.
—No lo sé, papá. Escuché que seríamos unos buenos anfitriones para la cena de esta noche. Es un ser hipócrita, me recuerda muchísimo al tito Scarus. Me huele a que quiere hincarnos el diente.
—Para iniciar el espectáculo se enfrentarán Carpóforo contra Simbus —vociferaba el presentador.
A continuación, se abrieron las rejas que comunicaban la galería con el sótano.
—Es tu turno, hijo. Afílate tus garras. Demuéstrales quién es el rey de la arena.

Minutos después se oyó un rugido atroz. Carpóforo había atravesado el cuerpo de Simbus con una lanza. Mufasus no podía soportar como aquel humano, al cual habían divinizado, acababa con la vida de su único hijo. La plebe, por aclamación, exigía un desenlace. Corrió, rompiendo con furia la cadena que oprimía su pescuezo, adentrándose por el corredor hasta la reja. La derribó, con su propio cuerpo, avanzando hasta el centro de la arena. Allí observó que Carpóforo, inclinándose sobre el cuerpo de Simbus, agarraba con su mano derecha alzada una daga con el propósito de darle fin a la vida de su vástago. Mufasus se lanzó contra su enemigo para ayudar a su hijo, atrapando entre sus zarpas al bestiarius sin piedad; dejándolo ensangrentado yaciendo en la tierra. El gladiador fue vencido por una bestia con sed de venganza. Mufasus nunca antes había aniquilado a una presa por esta causa. Ningún guerrero puede ser más poderoso que un padre defendiendo a su hijo. Pero su triunfo no le mantuvo a salvo por mucho tiempo. Varios luchadores fueron emplazados para acabar con ambos. Finalmente, tras una ardua batalla, el rey fue destronado. Junto a su hijo sirvió de exquisito manjar en el fastuoso banquete romano. Todo en homenaje al salvaje «Hércules», que bajó de su pedestal al ser derrotado por una fiera indefensa.


martes, 10 de noviembre de 2015

Sexo digital




Micro seleccionado -entre 1.400 presentados- para el I Concurso de Microrrelatos eróticos de la web DSS  “Erotismo en estado puro" que formará parte de la antología digital que llevará el mismo nombre.



Escribir en 5 líneas un relato erótico que deje a todos con la boca abierta... ¡Quiero escribir sobre sexo! Pero a mí esta palabra me produce unas ganas irremediables de acariciar mi propio cuerpo. Tal vez sea capaz de describir un orgasmo con versos, aunque ¿no es mejor dejar las teclas y colocar mis dedos en un lugar estratégico?¿Es posible divertirse tanto queriendo tocar un texto? 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

El poder de un libro



Era un día triste de lluvia, una de esas típicas tardes sobrecargadas de melancolía en que no sabes en qué malgastar el tiempo para hacer que corra más deprisa. O, al menos, eso pensaba Alicia, que ya había mirado un centenar de veces todas sus redes sociales y contactado con todas sus amistades vía Whatsapp.
Lo cierto es que Alicia no tenía ningún plan específico para consumir aquel compás de espera que parecía prolongarse hasta el infinito. Para ella, una chica de catorce años que anhela conquistar la mayoría de edad para sentirse al fin libre y dueña de sus actos, aquel lapso suponía una agónica espera. Alicia aún no había aprendido que la libertad no necesariamente se consigue con la mayoría de edad.
Invadida por el hastío veía caer la lluvia a través de la ventana, cuando, con un giro de cabeza, su mirada se detuvo en una estantería repleta de libros heredados de su madre. Aquellos libros simbolizaban un testamento aún por hojear, albergando en silencio la esperanza de ser leídos por aquella a la que su anterior propietaria había designado como su legítima heredera.
Hacía años que Alicia no tenía entre sus manos un libro sin que mediase la obligación de leerlo; tantos que apenas recordaba cuándo había sido la última vez que leyó por placer. Al igual que la mayoría de sus amigas adolescentes, la lectura fuera de su rutina escolar no entraba en sus planes.
De repente, le vino a la memoria el placer que experimentaba de pequeña al meterse en la cama y escuchar la dulce voz de su madre narrándole la historia de aquel lobo feroz que intentaba derribar con potentes soplidos las pequeñas casas de aquellos tres alegres cerditos, y cómo sus párpados se iban cerrando lentamente mientras su madre ponía voz a los personajes del cuento. Por unos instantes añoró volver a aquel pasado que le hacía soñar despierta.
Alargó su brazo y tomó uno de aquellos libros de la estantería. Leyó el título en la portada: La historia interminable. «Cómo este día de mierda», pensó.
Ni siquiera lo abrió por la primera página, que hubiese sido lo normal, sino que lo hizo avanzar, pues tal era su aburrimiento. Se recostó sobre la cama y comenzó a leer con pereza.

«Los dragones de la suerte son de los animales más raros de Fantasía. No se parecen en nada a los dragones corrientes ni a los célebres que, como serpientes enormes y asquerosas, viven en las profundas entrañas de la tierra, apestan y vigilan algún tesoro real o imaginario. Estos engendros del caos son casi siempre perversos o huraños, tienen alas parecidas a las de los murciélagos, con las que pueden remontarse en el aire ruidosa y pesadamente, y escupen fuego y humo. En cambio, los dragones de la suerte son criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el repicar de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera el sonido de esa campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no lo olvida en la vida y sigue hablando de él a sus nietos».

Alicia se incorporó vigorosa. Su corazón palpitante parecía querer salir de su pecho. Mientras leía esas líneas había contemplado a esos mismos dragones hasta el punto de poder describirlos a la perfección, sentir el calor de su fuego y escuchar el murmullo de su canto. Por un instante su mundo había sido Fantasía; un lugar lleno de colores de la naturaleza, con un palacio en el que destacaba una gran torre de marfil y en el que pudo ver a un niño caminando por un sendero…
Desconcertada, y sin saber muy bien qué había ocurrido, cerró el libro, devolviéndolo a su lugar en aquella nutrida estantería que durante tantos años había pasado desapercibida ante sus ojos.
Minutos más tarde cogió otro libro; y luego otro, y después otro más. Cada nueva línea que leía conseguía transportarla a una nueva dimensión totalmente desconocida para ella. Así consiguió ponerse en el pellejo de un joven aprendiendo a ser mago, siguió pistas que habían dejado unos templarios e incluso sintió el ardor de su cuerpo haciendo el amor por primera vez.
Se notaba confusa, atrapada y liberada al mismo tiempo, y con una extraña sensación, como de volar sin alas, que le producía seguridad y vértigo a partes iguales. Había vivido un sinfín de aventuras sin tan siquiera poner un pie fuera de su habitación. Por primera vez en su vida sintió la necesidad de devorar la palabra escrita.
Pensó que tal vez había caído víctima de un mágico encantamiento que sólo la afectaba a ella. Era un leve temor que la embargaba; pero no de los que paraliza, sino de los que te empujan a ir más allá en busca de respuestas.
Acudió a su madre. Para ella, su madre siempre había sido su mejor confidente.
—Mamá, ¡es extraordinario lo que me ha ocurrido! —dijo Alicia muy excitada.
A partir de aquí se volcó en contarle a su madre todo lo que había experimentado en la soledad de su cuarto. Y mientras lo hacía, en el rostro de su madre se iba dibujando una sonrisa cargada de orgullo y profunda emoción.
Cuando Alicia acabó de relatar lo sucedido su madre le apartó con dulzura el pelo que le caía sobre el rostro.
—Tranquila, tesoro. No debes asustarte. Y sí, llevas razón. Sentir la magia que encierran las páginas de un libro es algo extraordinario que no todo el mundo consigue experimentar. Es el poder de tu imaginación quien prolonga ese poderoso hechizo, y es tu fantasía quien te hace vivir las historias con tanta intensidad que las hace reales durante un fragmento de tiempo. ¿Verdad que siempre encajas en la piel de un protagonista?  —Alicia asintió con un gesto—. Eso es exactamente lo que quería que un día pudieses experimentar. Por eso dejé todos esos libros allí, en tu cuarto. No se puede forzar a alguien a leer un libro, porque esa magia se rompe. Dime, ¿recuerdas por qué papá y yo decidimos llamarte Alicia?
—Por el libro de Alicia en el país de las maravillas.
—Ese fue el primer libro con el que aprendí a proyectar las letras, a disfrutar del mismo entusiasmo que tú ahora. ¡Bienvenida a tu particular país de las maravillas, mi querida Alicia! Aquí no hay reglas; sólo el poder de un libro y los límites que imponga tu imaginación. No sabes lo feliz que me hace el ver que tú misma has decidido abrir tu mente a nuevas experiencias, que al fin has aprendido a leer con todos tus sentidos. ¿Me acompañas a la librería de la esquina? Ahora que estás preparada no se me ocurre mejor regalo para ti que un libro. Pero esta vez, él te elegirá a ti.
Alicia giró la cabeza y, mientras observaba aquellos libros que pacientes aguardaban su turno en aquella nutrida estantería, al fin descubrió dónde se hallaba su verdadera libertad.



jueves, 29 de octubre de 2015

Coaching sexual II



       Para leer Coaching sexual I PINCHA AQUÍ.


Enseguida me di cuenta de mi metedura de pata. Mi Antonio siempre tiene un oído pendiente de mí, y seguro que Dios estaba mirando de reojo. Además, en el fondo, mi Antonio es un bendito; le falta un hervor, la verdad, pero es un bendito.
Perdóneme, señor terapeuta. No sé lo que me pasa últimamente. ¿A cuántas terapias asciende este asunto?
No se preocupe, señora. Por mi parte queda zanjado el tema. Francamente, considero que sus problemas sobrepasan mis conocimientos. ¿Ha pensado en recurrir a otro tipo de terapia o especialista?
Ya me lo sugirió también el Padre, su hermano. ¿No hay un sitio dónde resuelvan de golpe todos mis problemas? Es que no paro de dar tumbos y todos me transfieren a otros lugares. Últimamente hasta mi amiga Mari me pone las llamadas en espera. Eso sí, con una canción muy bonita: Ojalá no te hubiera conocido nunca, de Muchachito Bombo Infierno. Es un amor, aunque está tan sola… Yo al menos tengo a mi Antonio que me hace compañía. ¿Le podría presentar a Mari?
Gracias por su ofrecimiento, lo tendré en cuenta si decido cambiar mi orientación sexual. 
»Vamos a ver, ¿usted ha intentado hablar abiertamente con su pareja? Sería fundamental que tuviesen una charla en la que ustedes muestren sus dudas y preocupaciones al respecto.
Pues, ahora que lo dice, no. Yo normalmente hablo con profesionales. A mi Antonio recurro para calentarme los pies, abrir frascos, arreglar un enchufe… No sé, las cosas prácticas. En realidad, el «Asunto Pisa» no lo hemos formalizado, ni siquiera hemos puesto cláusulas con letra pequeña.
»¡Antonio, despierta! ¡Este señor ha salido del armario y ha tenido una idea brillante!
Cariño, ¿nos podemos ir a casa ya, por favor?
Mira, Antonio. Dice este señor que tenemos que hablar sobre nosotros.
Pero, cariño, yo lo intento. Cada vez que empiezo una frase tú no me dejas ter…
¡Eso no es verdad! No mientas a este señor que nos va a mandar otra vez para la iglesia.
Mire usted, Toni. He intentado decirle que si pone apodos poco varoniles a mi miembro viril, mi libido disminuye, no hay forma de…
No me lo diga usted, ¿que el elefante levante la trompa? Entiendo. Sería conveniente llamar a las cosas por su nombre. Pero observo que ella tiene ciertas dificultades.
No veo tanto problema en llamar «pisita» a su pene. Me parece tierno. Pero si quieres la llamo Terminator, ja, ja, ja. ¡Antonio, bájate los pantalones y enséñasela! Necesito una segunda opinión.
¡Pero cariño! No hay necesidad de tener que exhibirle a este hombre mi «pisita Terminator».
Sin duda, son ustedes una pareja muy peculiar. No se preocupen, no es necesario. Podrían contactar con un urólogo para diagnosticar si su órgano sufre de alguna patología.
Antonio, ¡bájate los pantalones o no te devuelvo la Play, eh!
Ya que se empeñan... En principio, no veo síntomas de ningún trastorno dismórfico corporal.
¿¡Antonio!? Juraría que el elefante ha levantado un poquito la trompa. ¡Ay, Dios mío! ¡Que el elefante ha salido también del armario! ¡Vaya circo!
»Bueno… En realidad, ¡tampoco hacéis tan mala pareja! Además, nunca he hecho un trío…
¿¡Cariñooo!?
¿¡Señoraaa!?


martes, 27 de octubre de 2015

No lo hagas


Ilustración de Sara Herranz

Ella había experimentado desde muy joven los placeres y sensaciones que proporciona un buen polvo. Le gustaba el sexo, nunca lo había negado. No sufría ningún trastorno psicológico ni hipersexualidad reconocida. No obstante, tachadla o etiquetadla a vuestra manera. O a la antigua usanza.
Siempre había apreciado la diferencia entre follar y hacer el amor. A decir verdad, no en todos los encuentros le apetecía actuar como una salvaje en la cama, es más, improvisaba irracionalmente su propio guion. Algunas veces necesitaba oler como las hormonas iban fluyendo, roces que provocan vellos erguidos y piel erizada, besar unos labios sintiendo un hormigueo en sus entrañas. Otras, en cambio, apenas miraba a los ojos de su amante. Ella se consagraba a la maestría de guiar a unas manos torpes con la finalidad de instruirlas en el rudimentario arte de arrancar sus bragas. Sabía fingir orgasmos, y gemía como una demente cuando realmente se los provocaban. Saboreaba los beneficios metálicos que su lengua podía recaudar. Distinguía cuando gritar era necesario, y mantenerse en silencio, una obligación. En ocasiones decía tacos; vulgaridades sin medida. Otras, por contra, se mostraba cándida e inocente cual delicada doncella que pierde por primera vez su castidad.
Hizo un pacto con su cuerpo; ambos firmaron un acuerdo de apetencia sexual, sin restricciones. Bromeaba sobre haber montado en más camas que en columpios y deslizado por más sábanas que por toboganes. Jugaba con las muñecas a retener esposas. Aprendió a dominar el sexo en todas sus formas, matices y expresiones. Este, de vez en cuando, también la subyugaba a ella. Y adoraba cuando ese tirano la ataba a la cama de una habitación pasajera.
Ella había amado y adorado un cuerpo pegado al suyo. Fue adicta a una piel. Esta dependencia la humilló cuando era frágil, rompiéndose en dos mitades desiguales. A la mitad indefensa la repudió. A la condescendiente la adoró y la usó para dar placer a otros. Juró que nunca más amaría. No volvería a hacer el amor con un enemigo. Ella no sabía hacerlo; lo concedía como recompensa a palabras halagüeñas. Lo regalaba, de tal manera que la convertía en esclava del hombre al que sucumbía. Desde ese momento, optó por fornicar como tregua en una batalla que supo que nunca ganaría. Sin embargo, siempre podría usar sus pespuntes para no descoser heridas psicológicas antiguas. Decidió dejar tocar su cuerpo, pero nunca más su vulnerabilidad. Nunca más es fugaz, se llamaba Ángel. Con él se desnudó sin quitarse la ropa —por primera vez—, frente a esa copa de vino reflejo de su devenir. Se abrió sin siquiera descruzar sus piernas. Fue su terapeuta sin cita precedente. Él la escuchó y la salvó con aquel abrazo posterior.
Después solo recordaba una vorágine de cuerpos entrelazados, de miradas cómplices. Intentó copular sin amar. No supo, no pudo. Su aliado le hizo arrinconar su reprensión y repatriar su lasitud. Olvidó lo que era y por qué lo era. Su ingenuidad le murmuraba con un inquietante eco: «Por favor, no lo hagas». Una petición interior, lanzada a ese mensajero, con el propósito de buscar su salvación. Hicieron el amor con el sexo más sucio y limpio que pudiesen imaginar; ironías entre cuerpos que se complementan y mezclan fluidos al mismo tiempo. De nuevo la diosa del sexo toleró vencerse por una orgía mental de sentimientos. Y se entregó en cuerpo —que tatuó con saliva— y en alma —que vendió a sus demonios—. «No lo hagas, por favor», se repetía continuamente. Y desconectaba para disfrutar de aquel encuentro entre desconocidos que se conocen a la perfección. Él no la manoseaba, la acariciaba. La adoraba en cada uno de sus movimientos de fricción. Por un momento, cambió su mundo. Una vida en la que ella no era ella. En esa nueva perspectiva solo existía ese Ángel, que le prestaba sus alas para volar sin límites ni miedos.
Al finalizar aquel encuentro fortuito, la abrazó. Le susurró un agradecimiento por el placer que su cuerpo prestado le había proporcionado. Ella alcanzó la felicidad; logró sujetarla entrecruzada con sus piernas durante un instante. Efímera, volátil. Él también había comprobado que existía una mitad que le complementaba mientras recorría con las yemas de sus dedos la curvatura de aquellos delicados senos. La vergüenza se apoderaba de ella a la vez que observaba como ese Ángel perfecto —ahora sin alas— se tapaba con la ropa que antes yacía sin dueño, dispersa en el suelo. Sin prisa pero sin pausa; idéntico ritmo armónico usado para pasearla en la cama. Selló sus labios para no decir palabras que le hubieran hecho delatarse a su amo. Volvía a su mente, una y otra vez, aquel pensamiento: «No lo hagas, por favor. No me trates como a una puta. Tú, no».
Minutos posteriores, Ángel extrajo del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. Miró por un instante a su cómplice y le sonrío dulcemente. Pagó su intercambio de pasión al depositar un par de billetes sobre un testigo oscuro, inerte y de nogal. Se acercó a ella para regalarle un beso cordial en la mejilla. A continuación, le dio las gracias a viva voz. Ella permaneció absorta; su orgullo la enmudecía, sus emociones la inmovilizaban. Apenas vocalizó un leve susurro antes de ver largarse a su amante: «Por favor, no lo hagas».
Un portazo fue lo siguiente.
Como dicen, «Todo tiene un precio». Su profesión lo tenía, la tarifa la fijaba ella. Por supuesto, el amor también, pero este no es baremable en moneda de papel.

martes, 20 de octubre de 2015

Coaching sexual I



Aunque no es necesario, os recomiendo la lectura de Terapia confesional y de Adopta a un tío para seguir las peripecias de esta pareja. =P


Siempre he tenido la facilidad de darle la vuelta a la tortilla, en sentido figurado. Bueno, también en el literal. Cuando está suficientemente cuajada por un lado, se coloca un plato de un tamaño similar encima de la tortilla y se gira la sartén… Creo que me estoy dispersando.
Decía que tengo facilidad para manipular las situaciones a mi favor. Después del tropiezo con mi Antonio en el Mastur Bar, tuvimos una conversación sobre nuestra relación. Obviamente, yo tuve una coartada perfecta. Me personé allí para hacerle un favor a mi amiga Mari. Si el chico, Machopotente34, merecía la pena, ya se convertiría en un posible candidato para llevar a cabo los trámites de adopción. Enseguida mi Antonio lo entendió. Su excusa fue la que no acabó de convencerme. Él también suplantaba a su amigo Pedro. ¡Qué casualidad! Como el asunto me olía a chamusquina, hice mi particular melodrama e, inmediatamente después, decidí castigarlo sin sexo. Mi Antonio me dijo que le parecía justo.
Después de dos semanas recordé que el escarmiento era absurdo con el «Asunto Pisa» de por medio, no me serviría para nada. Había sido demasiado blanda (como el asunto en sí). De manera que cambié el castigo por buscar una solución a nuestro problema: terapia sexual. Pensé que iría a regañadientes, pero accedió voluntariamente cuando le insinué que secuestraría su PlayStation4 hasta el día de la cita terapéutica. 
Estaba deseando acudir a esa consulta, era lo más parecido a visitar el santuario de Lourdes. Según mi pacto con Dios, todo debía ir a la perfección. Solo que, cuando la recepcionista nos hizo pasar para hablar con el sexólogo, me llevé una extraña sorpresa:
¿¿Padre?? ¡¡Qué alegría volver a verle!! Estuve el otro día en su iglesia para hablar de un asuntillo con usted. Se marchaba muy deprisa. Pero no se preocupe, me lo resolvió Dios.
Disculpe, creo que me está confundiendo. Probablemente, debe de tratarse de mi hermano.
Ah, ahora le pilló, va de incógnito. No se inquiete, fingiré que no lo he reconocido. Fingir se me da bien, ¿verdad, Antonio? Debe de pasarle como a Superman, que cuando se ponía las gafas y se quitaba la capa se transformaba en Clark Kent, aunque yo siempre lo reconocía. Con usted me ha pasado igual. A decir verdad, ¡le sientan bien las gafas, Padre!
Señora, quería decir que el sacerdote al que usted se refiere es mi hermano gemelo. No es la primera vez que nos confunden.
¿Podría usted no llamarme «señora»? Me hace sentir mayor, como si no fuese su hija, Padre.
Si no le importa, llámeme Antonio. Sin más dilación, sería fundamental que a partir de ahora, si son tan amables, escuchen los consejos que les aportaré tras hacerme participe de su problema.
Mira, Antonio, ¡otro Antonio! Mi Antonio y Superantonio, ja, ja, ja.
Cariño, si no vas a dejar trabajar a este hombre, nos volvemos a casa, que me dejaste a medias con la partida de Assassin Creed
¡Ay, perdón! Es que estoy muy nerviosa, Padre. ¡¡Nooo!! Tache, Antonio. ¡Tú no, cariño! ¡¡Antonio Padre!! ¡¡Noo!!  Borre, ¡¡Antonio cura!! ¡¡Nooo!! ¡¡Antonio sexo!! ¡¡Nooo!!
¡Tranquilícese! Llámeme sexo. Disculpe… ¡¡Toni!!
Gracias, Toni. Pues, mire usted, en realidad nosotros venimos para solucionar el «Asunto Pisa». Le hablo en código porque mi Antonio es muy sensible con este tema, pero sucede, básicamente, que el elefante no levanta la trompa.
¿Cómo dice? ¿Podría hablar un poco más alto, por favor?
¡QUE EL ELEFANTE NO LEVANTAAAA LA TROMPAAA!
¿Disfunción eréctil?
¡No, hombre, todavía no ha muerto! Aunque un poco paliducha sí la veo.
Me refiero a problemas de erección.
¡Sí, eso! Shhh…, que mi Antonio no se entere…
Cariño, estoy sentado a tu lado. Te estoy escuchando. ¡Y el elefante también!
Lo cierto es que, no excitarse o no tener una erección en algún encuentro erótico, es algo muy común. Puede deberse simplemente a problemas de estrés.
—Francamente, Toni… Mire a mi Antonio. ¿Usted lo ve muy estresado?
En realidad, juraría que se ha quedado dormido.
Toni, me gustaría confesarle algo. Aprovechando que mi Antonio se ha quedado frito, y si Dios mira para otro lado... Usted así, disfrazado, es bastante atractivo. Las gafas le dan un toque muy sexy. ¿Podría invitarle a un gin-tonic, Toni? Si usted no está casado con Dios, y no hay ninguna kriptonita que se interponga...
¿¡Señoraaa!?

Continuará…


Para ver la última parte de esta terapia tan peculiar PINCHA AQUÍ.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Adopta a un tío



Es cierto que tenemos mucho peligro cuando nos juntamos las chicas. O eso dice mi Antonio.
Aquel café de la tarde me abrió los ojos ante un mundo lleno de posibilidades por explorar. Había visto en televisión algún anuncio sobre este tipo de webs, pero nunca le había prestado demasiada atención. Sin embargo, las experiencias de mis amigas me hicieron reflexionar. ¿Páginas de contactos? Uhm, sonaba divertido. Solo había un diminuto problema: mi Antonio. Pensé que si solo observaba el producto sin llegar a catarlo, no sería trascendental. Desde el que apodamos «Asunto Pisa» —mi Antonio no soportaba las palabras «problema» y «erección» unidas por una conjunción copulativa—, no me sentía deseada. Además, un poco de coqueteo me haría más llevadera la espera hasta que el edificio se enderezase. Y el cura tan simpático que me confesó unas semanas atrás, seguramente, no lo contaría como pecado. 
Finalmente, me decidí a registrarme en una página. Elegí la que me recomendó mi amiga Mari, que, para estas cosas, es muy avispada. Decía que en esa concretamente éramos las mujeres las que llevábamos las riendas. Con lo que a mí me gusta tener el mando, no tuve que pensarlo dos veces.
Me pareció políticamente incorrecto colocar mi foto real; por tanto, elegí una de Angelina Jolie. Soy clavada a ella, aunque por envidia insana nadie lo admita. Me quité dos años; el número aceptable en el cual mentira y verdad se dan la mano y se hacen aliadas. 
Al principio, la aplicación me resultaba un tanto complicada, pero no tardé mucho en pillarle el tranquillo. Intercambié mensajes con muchos chicos. Incluso me hice mi propio diario de mentiras piadosas para no confundirme entre ellos. Al final, por descarte entre psicópatas, paranoicos, cavernícolas y demás especímenes variados, me quedé con dos. A uno de ellos le di mi número de teléfono. Por un momento, en mi regreso a la adolescencia, me olvidé de mi Antonio. Lo complicado fue cuando comenzó a sonar el teléfono y él intentaba captar mi frecuencia con sus antenas parabólicas. Menos mal que siempre he sido muy astuta para crear argumentos sólidos e irrefutables.
¿Quién era, cariño?
Era mi madre. Nada, le ha dado la regla.
Pero, ¿tu madre no tenía la menopausia ya?
Pues, por eso… ¡qué le ha pillado sin compresas!
Una hora después.
Te han llamado, ¿verdad?
Sí. El butanero.
Pero si tenemos instalado Gas Natural.
Uy, ¡pues yo le he dicho que traiga dos bombonas!
Dos horas más tarde.
Hoy te llaman mucho por teléfono, ¿quién era ahora?
Tu padre. Dice que últimamente no lo llamas mucho.
Cariño, mi padre falleció el año pasado.
¡Pues con razón no lo llamas! Anda, ¡y yo le he dicho que le devolverías la llamada! Tendrás que hacer una Ouija.
Siempre he sido muy rápida y convincente para fabricar respuestas manipuladoras de la realidad. Mi Antonio nunca sospechaba de mí, jamás. Aun así, recapacité sobre Brad Pitt (foto de perfil y alias de mi inoportuno pretendiente). Tampoco me gustaba lo suficiente como para complicarme la vida y mentir gratuitamente. Aunque, ¡eso sí!, hacíamos una pareja de película.
Opté por el otro chico, también parecía muy agradable. Para no cometer el mismo error, no le facilité mi teléfono. Únicamente nos escribíamos a través de la web de contactos.
Un mes después de intercambiar coqueteos furtivos, sugirió que era hora de dar un paso más y fijar una cita. Inmediatamente asentí, aunque poco más tarde me entró el sentimiento de culpabilidad y unas ganas irrefrenables de ir de compras. Por ese motivo decidí ir a comentar este tema con el Padre ese cura que nos ayudó con el tema de la inmobiliaria. Al parecer, el hombre tenía un asunto urgente, porque nada más verme entrar en la iglesia salió corriendo sin siquiera poder saludarme. No hay mal que por bien no venga. Aproveché para hablar con Dios. Lo convencí para llegar a un acuerdo. Si el miraba para otro lado mientras yo me tomaba el café con ese chico recientemente adoptado, le prometía convencer a mi Antonio para casarnos por la Iglesia. Como quien no quiere la cosa, le pedí que dejase un momento el tema del libre albedrío para intervenir en el «Asunto Pisa». Como el que calla otorga, interpreté que no había ningún inconveniente por su parte.
Me dispuse a ir a la cafetería donde habíamos acordado el encuentro: Mastur Bar, en la Avenida de la Purísima número 69. Era tal mi paranoia que percibía señales confusas por todas partes.
La foto de su perfil era de Nacho Vidal, así que, me dijo que llevaría un capullo… (¡Sois muy mal pensados!). Me refiero a una rosa roja, e iría vestido con una camisa azul turquesa.
Al adentrarme al local aún estaba más nerviosa. Observé a un chico moreno de espaldas que se ajustaba a la descripción. Estaba sentado y apoyaba sus codos en una mesa, en un extremo asomaba el tallo de una rosa. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Me pareció que tecleaba en un teléfono móvil. Era él, estaba convencida, y me esperaba a mí.
Miré hacia arriba y aconsejé a Dios que se tapase los ojos, recordándole mentalmente el acuerdo previo.
Unos simples pasos.
Me sentía una niña traviesa (como diría E. L. James: «La diosa que habita en mí daba saltitos con las orejas», o algo por el estilo).
Apoyé mi mano sutilmente en su espalda.
Perdona, ¿Machopotente34?
¡Sí!, ¡soy yo! Levantó y giró la cabeza en mi dirección.
Me quedé atónita.
¿¿Antonio??
¿¡Cariño!?


Continuará…



Si te ha gustado este post, seguramente disfrutarás leyendo Terapia confesional.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Baile de pistolas




Cielo desértico de Tabernas, Almería (España). Año 2015.

Había llegado el momento. El viento del desierto soplaba con furia agitando a las plantas rodadoras. Uno frente a otro. Escasos pasos de distancia entre dos pistoleros. Se mascaba la tragedia —y el tabaco—.
Ambos habían guardado un acuerdo de tregua temporal; a pesar de que se habían prometido venganza tiempo atrás. John se la tenía jurada a Clint tras su exitosa trilogía y la dirección de sus propias películas. A decir verdad, Wayne siempre se había sentido muy encasillado. Aparentemente, habían mantenido la calma, sin embargo, la disputa por el amor de la Srta. Kidman les había conducido a batirse en duelo.
Nicole fue una cortesana afamada por lanzar su pierna al aire y remover sus faldas en una función nocturna de un popular cabaret parisino, en el cual era protagonista principal. Hubo fallecido en los brazos de su amado; un escritor bohemio que solía cantar a los clásicos. Tras su muerte, permaneció fotosensible en una mansión hasta completar méritos para su traslado al otro barrio. En el cielo del oeste conoció a dos tipos duros: John y Clint.
Ahora un desafío a muerte establecería un vencedor y concluiría con esa rivalidad. Así, Dios dispuso como padrino de la ceremonia al sheriff Chuck Norris.
El acontecimiento atrajo a una gran multitud: bandidos y forajidos de toda la región, la tribu de Hollywood (liderada por Toro Sentado) y una diligencia con las chicas de la compañía Con faldas y a lo loco para amenizar el espectáculo, entre otros.
Todas las miradas permanecían atentas a ambos. Música de ambiente.
Tiriririri ririri…
—El Mundo se divide en dos categorías, John, los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Podría dispararte sosteniendo tu propia pala —Le subestimada Eastwood fijando su mirada pétrea en él mientras se giraba en sentido opuesto.
—He hecho más de 250 películas y nunca he disparado a ningún tipo por la espalda, ¡cámbiamelo, Chuck! —replicó Wayne.
—¿Sabes que podría matarte raspándote con mi barba, John? —interrumpió Norris escupiendo su palillo a una velocidad de vértigo—. ¡Pégale un balazo a este tío, hostias!
—Te recuerdo John que ya estás muerto. ¡Yo sólo he venido a por lo que es mío!
—¿Crees que te preferirá a ti? ¡Al menos yo no visto un poncho tan ridículo! Vas a morir, aunque todo cambiaría si me incluyeses a título póstumo en los créditos de alguna de tus últimas películas —dijo John Wayne con sonrisa retorcida.
—Después de esto, no pienses que vamos a intercambiar fluidos corporales en la ducha esta noche. ¡No te incluyo ni borracho! —exclamó Eastwood con desprecio.
—Nunca he confiado en un hombre que no bebiera. Lo siento, Clint.
—Nunca pidas perdón y nunca te disculpes, es un signo de debilidad. Y recuerda que yo soy un tipo feo, fuerte y formal —comentó John.
—Tal vez yo soy El Bueno. Sé que hay más de 100 motivos por los cuales no debería matarte, pero ahora mismo, no se me ocurre ninguno.
—Yo soy el último pistolero. ¡Desenfunda tú primero!
Chuck, asqueado de tanta charla estúpida, arremetió a golpes de puñetazo y patada dejando gravemente heridos a ambos. Nicole, aburrida de la disputa y creyendo que acabaría más sola que la una, lanzó un guiño sensual a Toro Sentado, que le mandó señales de humo como respuesta a su coqueteo. Este decidió levantarse para largarse con la chica.
Toro Levantado y la Srta. Kidman subieron a lomos de un búfalo vil. Galoparon por todo el desierto con dirección a Las Vegas donde formalizarían su amor entre indio y cabaretera.

martes, 22 de septiembre de 2015

Terapia confesional



Me sitúo de rodillas en el confesionario. Me santiguo a mi manera (lo recordaba vagamente; no obstante, debía ser parecido al brindis que hacía con mis colegas, «¡Arriba, abajo, al centro y para adentro!»).
—Ave María —me apresuro a decir basándome en mi primera comunión. O igual ni eso. Simplemente me sonaba que comenzaba así.
—Purísima —dijo el sacerdote.
—¿Quién?¿¡Yo!? Hombre, tampoco es que sea muy promiscua, pero…
—Tú dices: «Ave María Purísima». Y yo te respondo: «Sin pecado concebida».
—Ah. ¡Hola, Padre! Se dice «Padre», ¿verdad?
—Sí, hija mía, puede llamarme así.
—Una cosilla: si yo soy su hija y usted es mi padre… Estooo... Uno de los dos ha hecho algo que no debía, ¡y yo no he sido!
—Es una manera afectiva de llamar a las feligresas de esta parroquia —dijo mi/el Padre.
—¿Feligresa? Es la primera vez que escucho esa palabrota, aunque imagino que siendo usted un cura no va a comenzar mi confesión insultándome. Bueno, yo quería comentarle que, uhm, por dónde empiezo… Estoy atravesando un momento complicado. El tema laboral me trae de cabeza, Padre. No encuentro trabajo. Las únicas ofertas que…
—Pero, hija mía, ¡eso deberías solucionarlo en el INEM! Puedes encontrar una Oficina de Empleo al final de esta misma calle.
—Supongo. Aparte, es que, además, tengo un lío… Verá, Padre, le explico. Llevo saliendo con mi Antonio cinco años y nunca habíamos tenido problemas de tipo, ya sabe, pero ahora no puede tener una erección, y me culpa…
—¡¡Hija mía!! ¡Eso deberías consultarlo con un sexólogo!
—No, en realidad, yo creo que eso se le pasará. El problema es que no sé si dejarlo...
—¡Un terapeuta!
—... porque como queremos irnos a vivir juntos y estamos buscando…
—Inmobiliaria.
—Además, estoy tan confusa con todo lo que me está sucediendo…
—Psicólogo.
—... pero es que ya voy teniendo una edad y si no me caso pronto, en vez de vestir santos me voy a quedar para desvestir momias.
—Tal vez en eso si pueda ayudarte. ¿Os gustaría celebrar vuestro matrimonio en esta parroquia?
—Yo no tengo problema, pero mi Antonio es que se pone como la niña del exorcista cuando entra a una Iglesia. Y si lo cazo, creo que tendrá que ser por lo civil.
—En ese caso… Juzgado, hija mía.
—Entonces, Padre, ¿usted qué arregla aquí?
—Te escucho y te absuelvo de tus pecados. Pero primero debes hacer examen de conciencia.
—A mí es que los exámenes nunca se me han dado bien. A menos que se trate de un tipo test, claro. Y lo de los pecados, ¿qué incluye exactamente? ¿Eso es lo de los diez mandamientos? ¿Y las mentiras piadosas cuentan? Por ejemplo, se ha mudado un nuevo vecino al Bajo D, que la verdad, Padre, ¡está tremendo! Si mientras se le pasa a mi Antonio... y no se lo cuento a nadie… ¿Dios se enterará?
—Sí, hija. Dios está en todas partes.
—¡Ostras!, ¡pues no lo sabía! ¿Y a cuántos Padres Nuestros y Aves Marías asciende el asunto? Si tengo que hacer lo del Rosario, me lo voy a pensar, que lo de cantar con las bolitas del collar me parece un poco siniestro. ¿O se puede usar las chinas?
—¡¡No te preocupes, hijaaaaa!! Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del padre, y del hijo, y del espíritu santo.
—Pero Padre… ¡¡qué se olvida de imponerme mi penitencia!!
—¡Bastante penitencia tienes ya! Tranquila, Nuestro Salvador te guardará una parcela en el Reino de los Cielos. Puedes ir en paz.
—Así da gusto, Padre. ¡Verá que contento se va a poner mi Antonio cuando le diga que ya está resuelto el tema de la inmobiliaria!

domingo, 20 de septiembre de 2015

Orgasmo gratuito



Mientras esperaba aquel metro, mi mente se abstrajo completamente de ese andén para llevarme nuevamente a la habitación donde había estado horas previas con él. Aún sentía su aroma en mí; impregnaba mi ropa como un perfume de fluidos en movimiento, un néctar fabricado para mi cuerpo, que dulcificaba a la par que ardía mi piel. Con el obsequio de ese arrebato de pasión, ni siquiera pude asearme. Llegaba tarde al trabajo, pero agradecía que me hubiesen acompañado toda la jornada nuestras fragancias entremezcladas. Un día inacabable de orgasmos repetidos y masturbaciones mentales. De nuevo, había vuelto esa sacudida recorriendo en forma de escalofrío todo mi ser. Sentía aún sus manos apretándome los glúteos contra él, mis pezones estaban irritados de convulsiones convertidas en bocados; a fuego lento, a fuego vivo, a medio cocer.
Un golpe fortuito en el hombro me devolvió a la realidad. Presa de mis jadeos regresaba a casa, necesitaba más, como una damisela ansiosa por un encuentro furtivo con su caballero, sin armadura —para qué perder el tiempo—.
Allí sentada, en ese frío asiento, entrecruzaba con fuerza mis piernas. Sentía un dolor placentero que me recordaba lo poco que hacía de la visita de ese turista, el cual no necesitaba una guía ni un mapa de búsqueda del tesoro; a él le bastaba con ser el mejor pianista. Y no hubo una tecla que quedase por acariciar, y me compuso la más armoniosa y apasionante melodía que una mujer pudiese imaginar. En mis labios quedaba un hormigueo, una pócima mágica que los había convertido en continua humedad de inagotable deseo. Mi excitación iba en aumento con cada paso del trayecto de vuelta a mi paraíso terrenal. Y no dejaba de imaginar a ese diablo y su tridente que me incitaba a tentar y a morder serpientes.
Nervios.
Una cerradura que abre la puerta de mi universo.
Y aquella habitación, mi sala de juegos, donde horas antes había pecado… Ahora él está con otra... regalándole un orgasmo. Mi-or-gas-mo.


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